El día que entendí que amar también es dejar ir: duelo, amor y despedida 🤍

Hace unos días, una despedida me recordó dos de las pérdidas más importantes de mi vida: mi abuelita y mi tía Susana. Con el tiempo, y gracias a una conversación reciente, entendí algo difícil pero real: amar profundamente también significa aprender a dejar ir.

Abuelita junto a 4 de sus hijas en reunión familiar, imagen sobre amor, familia y recuerdos.

Buen día, querida comunidad 💜.
Hay temas que a veces una no busca escribir, pero llegan solos, como si supieran que el corazón necesita hablar. Hace unos días viví una despedida cercana que removió recuerdos que creía olvidados. A veces la vida toca una puerta antigua y despierta emociones que seguían viviendo dentro. Por eso hoy quiero compartir algo muy personal.

Esa despedida me llevó de inmediato a pensar en dos de las pérdidas más importantes de mi vida: mi abuelita y mi tía Susana. Dos mujeres distintas: mi abuela acuariana como yo; y mi tía escorpiana, que me enseñó hasta el arte del sarcasmo, pero ambas fuertes e inmensas en amor, presencia y enseñanza. Aunque el tiempo ha pasado, hay personas que siguen habitando cada etapa de nuestra historia. Algunas nunca se van del todo.

También una conversación reciente con mi novio me hizo mirar el duelo desde otro lugar. Entendí que cada persona aprende a seguir adelante a su ritmo, entre recuerdos, silencios y nuevas fuerzas. A veces sanar no significa olvidar, sino aprender a amar de una manera distinta. Y aceptar lo que duele sin dejar que nos rompa, porque el dolor de perder a alguien tan cercano nunca se va, pero podemos aprender a vivir con él y transformarlo en aprendizaje de vida.

Mientras pensaba en todo eso, comprendí que gran parte de lo que hoy soy nació mucho antes de entenderlo. En los gestos simples, en los cuidados diarios y en ese amor silencioso que sostuvo mi infancia. Porque antes de cualquier pérdida, existió una raíz profunda.

El amor que me formó desde niña 👧🏻

Collage familiar de autora junto a su abuelita y su tía Susana, imagen sobre amor familiar, infancia y recuerdos valiosos.
Nací en un hogar donde el amor quizás no siempre se decía con palabras a cada rato, pero se demostraba todos los días. Crecí rodeada de mujeres fuertes que, con esfuerzo y entrega, sostuvieron una familia en medio de distintas circunstancias, y unos tíos que no necesitaron el título de padres para darnos amor y figuras paternas. Allí entendí desde pequeña que el cariño verdadero también se entrega sin obligaciones en un papel. Y que a veces el amor más grande es el que trabaja en silencio.

Mi historia comenzó con una madre soltera y con una familia que eligió abrazar antes que juzgar. Mi abuelita y mi tía Susana fueron parte esencial de ese comienzo, acompañando mis primeros pasos desde el día uno. Nunca me faltó contención, cuidado ni presencia. Cuando una niña se siente amada, el alma aprende a florecer. Por eso, hasta hoy, ambas son las mariposas de mi vida.

Mi abuelita fue esa figura firme que transmitía seguridad con solo estar cerca. Preparaba comida deliciosa y postres que hasta hoy seguimos recordando con cariño, cuidaba cada detalle del hogar y tenía una manera única de protegernos sin hacer ruido. Con ella aprendí que la fortaleza también puede ser tierna. Su amor era constante, incluso cuando no necesitaba explicarlo.

Mi tía Susana, en cambio, fue una mezcla hermosa de segunda madre, amiga y guía. Me enseñó a caminar, a bailar, me acompañó al colegio y estuvo presente en muchas etapas importantes de mi vida. Era quien salía conmigo cuando el payaso pedía bailar con nuestras madres, porque mi mamá siempre fue tímida y no bailaba. Pero Susanita era baile hecho persona. Con ella aprendí a conversar, a confiar y a sentirme escuchada. Hay personas que dejan huella porque nos ayudan a descubrir quiénes somos.

Hoy entiendo que gran parte de lo bueno que habita en mí nació en esos años sencillos. En los desayunos servidos con cariño, en las manos que cuidaban y en los abrazos que calmaban cualquier miedo. Todo lo que vino después tuvo raíces allí. Porque antes del duelo, existió un amor inmenso que todavía me sostiene.

Mi abuelita Mina: fuerza con ternura 🍰

Collage familiar de abuelita Mina junto a sus nietos, imagen sobre amor familiar, recuerdos y unión entre generaciones.
Mi abuelita Mina fue una de esas personas que dejan huella sin necesidad de llamar la atención. Tenía carácter firme, mirada sabia y una presencia que hacía sentir que todo podía estar bien. No necesitaba hablar demasiado para imponer respeto. Pero detrás de esa fortaleza vivía una ternura inmensa.

En casa, su amor muchas veces se expresaba en lo cotidiano. En la comida servida con cuidado, preparando alguno de nuestros platos favoritos, en preocuparse por cada detalle y en estar pendiente de todos. Hay personas que convierten el hogar en refugio sin darse cuenta. Ella tenía ese don natural de cuidar incluso en silencio.

Cada cumpleaños nos regalaba algo que hoy sigue vivo en la memoria familiar: su famosa torta de chocolate. Para sus nietos no era solo un postre, era una tradición llena de cariño. Sabíamos que llegaría ese día especial. Y con él, también su torta. Cuando la preparaba, la olla donde hacía el fudge era nuestro premio favorito. Primero se lo daba a mis primos mayores, luego a mi prima y a mí, y al final a los menores. Cada uno de nosotros disfrutó ese pequeño ritual. A veces el amor también tiene aroma a cacao y mesa compartida.

Recuerdo mucho tomar su mano mientras veíamos televisión juntas. Puede sonar simple, pero para mí era una sensación difícil de explicar: paz, seguridad y calma. Su mano me transmitía una fuerza serena que aún extraño. Es uno de los recuerdos más valiosos que mi “abuenona”, como le decía, me dejó. Porque hay gestos pequeños que nos sostienen toda la vida.

También tenía un humor inesperado y travieso. Le gustaba hacer bromas, sorprender y reírse con la familia, incluso en momentos comunes. Esa mezcla entre disciplina y picardía la hacía única. Nos enseñó que una persona fuerte también puede ser divertida y luminosa.

Hoy entiendo que muchas de mis bases nacieron al observarla vivir y también al compartir con ella hasta el mismo espíritu acuariano: fuerte, libre y entrañable. Su forma de enfrentar la vida, de cuidar a los suyos y de mantenerse firme marcó generaciones enteras. Mi abuelita Mina no solo fue el centro de una familia. Fue ejemplo de amor que permanece.

Susana: segunda madre y amiga 🤍

Collage familiar de Susana junto a su hijo y familia, imagen sobre amor, recuerdos y legado emocional.
Mi tía Susana fue, sin duda alguna —y con el permiso de mi madre—, una de las personas más importantes de mi vida. Hay vínculos que no necesitan explicarse con títulos exactos, porque se sienten desde el alma. Para mí fue tía, segunda madre, amiga y refugio en distintos momentos. Su presencia dejó una marca imposible de borrar.

Desde niña estuvo en escenas esenciales de mi historia. Me enseñó a caminar y a bailar, me acompañó al colegio cuando mi mamá no podía, y estuvo presente en etapas donde una niña necesita guía y cariño. Cuando la vida cotidiana parecía pesada, ella sabía volverla más ligera. Tenía ese don de estar sin invadir y cuidar sin hacer ruido. Además, me regaló la presencia de mi primo, que es como mi hermano, con quien compartimos el amor de nuestras madres y de quien siempre sentimos como padre, permitiéndome saber lo que es tener un hermano y no solo ser hija única.

Con los años nuestra relación también creció hacia la confianza. Fue de esas personas con las que podía conversar de verdad, llorar si era necesario y sentirme escuchada sin juicios. Me dio consejos sinceros, me habló de la vida con naturalidad y me acompañó en momentos difíciles. Hay personas que te ayudan a entenderte mejor y abrazar las vivencias para convertirlas en aprendizajes.

Recuerdo que tiempo antes de su partida alguien me dijo que yo me parecía a ella en el carácter. En ese momento no le di mayor importancia, pero hoy esa idea me llena de orgullo. Porque Susana tenía fuerza, autenticidad y una forma valiente de enfrentar la vida. Si algo de eso vive en mí, lo abrazo con mucha gratitud.

También pienso en esos hilos invisibles que unen generaciones. Ella tuvo hipertiroidismo, mi papá hipotiroidismo y yo también convivo con hipotiroidismo. Curiosamente, una glándula con forma de mariposa parece habernos conectado de maneras profundas sin darnos cuenta. Ella partió y yo aún no sabía sobre mi diagnóstico, pero su experiencia me llevó años después a pensar en ir al endocrinólogo cuando sentí que algo no estaba bien en mi cuerpo. A veces la vida usa símbolos extraños para recordarnos que seguimos unidos.

Susanita partió dos días antes de mi cumpleaños, dejándome una herencia invisible pero llena de significado. No fue material: fue fortaleza, memoria, amor y la capacidad de acompañar a otros incluso en medio del dolor. Hoy ya no está físicamente, pero sigue presente en muchas partes de quien soy. Algunas personas se van… y aun así permanecen.

Cuando entendí que no todo es para siempre ♾️

Collage familiar con recuerdos de abuelita y tía Susana sobre amor, duelo y memoria familiar.
Hay momentos en la vida en los que una deja de sentirse invencible. Para mí, uno de esos momentos llegó cuando vi a mi abuelita debilitarse después de haber sido siempre sinónimo de fuerza. Hasta entonces, ella parecía eterna en mi mundo. Verla vulnerable me enfrentó por primera vez a una verdad que duele: no todo permanece como quisiéramos.

Recuerdo esos días con una mezcla de tristeza y ternura. Mi abuelita repetía constantemente una fecha: el 3 de agosto, cumpleaños de mi primo Diego. Lo decía una y otra vez, como si algo dentro de ella supiera lo que venía. Y justamente ese día, en el 2017, partió por la mañana, dejando una señal imposible de olvidar para quienes la amábamos.

Nos tomó por sorpresa. Con mis primas estábamos por comprarle una torta a Diego para no dejar pasar esa fecha, aunque mi abuelita seguía internada. A ella siempre le gustaba celebrarnos los cumpleaños, pero ese día partió antes de que siquiera pudiéramos comprarla.

Mi abuelita se fue en un cuarto frío de hospital, cuando en casa siempre la esperaba el calor familiar. Ese día ella se fue pero nos dejó el calor de su amor y enseñanzas que hasta ahora compartimos. Fue el primer golpe que la vida me dio al perder a alguien tan cercano, ya que convivía con ella cada día. Me recibía al volver del trabajo con una sonrisa. Yo solía entrar bailando la canción que sonara en mi celular, porque sabía que eso siempre le arrancaría una risa.

Ese cumpleaños quedó suspendido por el dolor. No había ánimo para torta, velas ni celebración, todo se transformó en pena, trámites, velorio y saludos de pésame que no queríamos recibir. Pero días después le cantamos a Diego ese “happy birthday” pendiente, porque entendimos que la vida también nos pide seguir aún con lágrimas en los ojos y porque a mi abuelita así le hubiese gustado. A veces honrar a quien se fue también significa cuidar a quienes se quedan.

Collage familiar con tía Susana y sobrinos, recuerdos de amor, duelo y memoria familiar.

Pero más de un año después, en enero del 2019, la vida volvió a tocar la misma herida. No terminábamos de asimilar la partida de mi abuelita cuando nos sorprendió la despedida de mi tía Susana, apenas dos días antes de mi cumpleaños. Debo admitir que fue el cumpleaños más triste y nostálgico que he vivido. Nada tenía el mismo color ni el mismo sabor.

Recuerdo una foto de ese día en la que Diego y yo aparecemos junto a mis primos sonriendo. Hasta hoy no sé cómo lo logramos. Quizá Susanita nos dio fuerzas a su hijo y a mí para sostener ese momento. Aun así, también fue uno de los años en que más acompañada me sentí por mi familia. Como si el amor se hubiera unido para sostenernos.

Susanita partió un sábado en la madrugada. Lo que mis ojos veían en aquella habitación al lado de la mía no era una pesadilla, era la realidad. Allí estaba ella, ya en silencio, acompañada por su hijo Diego y por nuestra inseparable Maya, la perrita de la casa. Fue una escena imposible de olvidar.

Un cáncer se la llevó. Se lo habían detectado en el 2016 y mi abuelita nunca llegó a saberlo. Los pronósticos eran duros y parecían dar poco tiempo —de entre seis meses y un año—, sin embargo, entre fe, amor, fortaleza y medicina alternativa, logró vivir tres años más. Hizo posible lo que muchos creían improbable. Sobre ella escribí en mi artículo "Aprender a vivir con el duelo que no tuvo pausa 🦋".

Su partida dejó un golpe seco, silencioso y lleno de recuerdos. Extraño su risa contagiosa, nuestras conversaciones viendo televisión y aquellas charlas sobre el miedo a la muerte o a los terremotos. Curiosamente, su partida alivió parte de ese primer miedo en mí. Porque siento que cuando llegue mi hora, no estaré sola: ellas estarán esperándome.

Con el tiempo comprendí algo importante: no todo es para siempre, pero algunas cosas sí permanecen. El amor verdadero, los recuerdos sinceros y lo que una persona sembró en nosotros siguen vivos incluso después de su partida. Ellas se fueron físicamente, pero nunca se fueron del todo.

Lo que el amor me enseñó al dejarlas ir 🕊️

Camino con luz al amanecer y mariposas blancas, imagen sobre amor, duelo y aprendizaje.

Amar profundamente también me enseñó una verdad difícil: no siempre podemos retener a quienes más queremos. Hay despedidas que ninguna persona está lista para vivir, incluso cuando la vida ya viene dando señales. Sin embargo, entendí que aferrarse al dolor no cambia lo inevitable. A veces amar también significa soltar con lágrimas y con gratitud.

Cuando vi sufrir a mi abuelita y después a mi tía Susana, hice una oración silenciosa que salió desde lo más hondo de mí: que no sufrieran más. Decir eso dolía, porque implicaba aceptar la posibilidad de perderlas. Pero también comprendí que querer de verdad no es pensar solo en nuestro vacío, sino también en la paz de quien amamos.

Con los años entendí que acompañar también es una forma inmensa de amar. Estar presentes en una enfermedad, sostener una mano, escuchar un silencio o simplemente no abandonar a alguien en días difíciles vale más de lo que imaginamos. Muchas veces el amor más puro no hace ruido. Solo permanece y cuida.

También aprendí que la familia no siempre sigue moldes tradicionales. En mi historia, el amor llegó desde abuela, tías, tíos y vínculos que ocuparon lugares esenciales sin necesitar etiquetas perfectas. Eso me enseñó que una familia verdadera no se define solo por estructura, sino por presencia, compromiso y cariño constante.

Ellas me dejaron aprendizajes que todavía ordenan mi vida. Algunos de los más valiosos son estos:
  • Amar también es cuidar en silencio.
  • La fortaleza puede ser tierna.
  • Nunca dejamos de aprender.
  • Quien parte deja semillas en quienes ama.
  • Acompañar a otros también sana el corazón.
  • La sangre une, pero el amor sostiene.
Mi abuelita siempre repetía que nunca dejábamos de aprender, y ella misma lo demostraba leyendo periódicos o revistas con curiosidad admirable. No terminó el colegio, pero la vida la volvió sabia, dándole lo mejor de sí misma a sus hijos y nietos. Hoy entiendo que ambas siguen enseñándome, incluso después de los años. Porque hay personas que se van físicamente… y aun así continúan guiándonos.

Construyendo comunidad 🦋

Parque al atardecer con mariposas y luz cálida, imagen sobre comunidad, esperanza y sanación emocional.
Si algo he confirmado con los años, es que compartir nuestras historias también sana. Cuando una experiencia se convierte en palabras, puede abrazar a alguien que justo necesitaba leerlas. A veces abrir el corazón también construye puentes invisibles.

Las pérdidas duelen, pero con el tiempo también pueden transformarse en fuerza, sensibilidad y nuevas formas de mirar la vida. Nadie vive el duelo igual, y cada proceso merece respeto. Lo importante es no olvidar que incluso del dolor pueden nacer semillas buenas.

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Rosario S. 🦋
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